Serie: Antes de predicar
Predicacion

Antes que predicar, ¡nacer!

Hablar bien no te hace predicador. Antes que subir a un púlpito hay un requisito que Dios establece y que no es negociable. ¿Lo conocés?

Quizás hablás bien. Quizás tenés facilidad para pararte delante de otros sin temor, sin pánico escénico, con una naturalidad que muchos quisieran tener. Tal vez estudiaste oratoria, dominás los tiempos, sabés cómo captar la atención de una audiencia y mantenerla. O quizás simplemente te sale solo, sin haberlo buscado.

Fuiste a una iglesia y escuchaste al predicador y pensaste, ¿y que tal si me hago predicador?

¿Y qué necesitás para hacerlo, según tus criterios? Una voz, un tema y la capacidad de transformar ideas en palabras de manera que quien te escuche sienta armonía y se detenga a escucharte. Nada que no tengas ya. Podrías debutar el domingo por la mañana y probablemente lo harías bien.

Pero antes de dar ese paso, hay una pregunta que tenés que responder. No tu pastor, no tu iglesia. Vos.

¿Reunís los requisitos que Dios establece para tan solemne tarea?

Porque hablar bien no alcanza. No se trata solo de tener algo que decir, muchos lo pueden hacer. Se trata de transmitir un mensaje que no es tuyo y de alimentar, no solo informar. Por eso, primero lo primero: antes que consideres predicar, asegurate de haber nacido de nuevo. Sino, no eres apto.

Antes de hablar de las grandezas del Reino de parte del Rey, primero hay que conocerlo y haber hablado con Él. En Juan 3:3-7 el Señor es categórico:

“El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (v. 3) “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (v. 5)

Nadie puede tratar las cosas espirituales estando muerto espiritualmente. Efesios 2:1 lo declara sin rodeos:

“Estabais muertos en vuestros delitos y pecados.”

Un muerto no predica, un muerto no discierne, un muerto no transmite vida. Por eso, antes de predicar, primero hay que nacer de nuevo, ser regenerado, recibir vida espiritual, porque las cosas del Reino son espirituales y solo se disciernen espiritualmente. Lo confirma 1 Corintios 2:14:

“El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.”

Y antes de hablar, hay que creer. Pablo lo deja claro en 2 Corintios 4:13:

“Teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé; nosotros también creemos, por lo cual también hablamos.”

Si no naciste de nuevo, estás en peligro. Estás pisando tierra santa y ofreciendo fuego extraño en el altar. Por el bien de tu alma, aléjate de ese lugar, porque fue reservado únicamente para los llamados.

Pero el peligro no es solo tuyo. La congregación que te escucha también paga el precio. Sería alimentada por un muerto, guiada por un ciego, instruida por un profano. Sería escuchar el dulce nombre de Jesús en labios impuros. Sería, en definitiva, dejar el cuidado de las ovejas en manos del lobo.

Si no naciste de nuevo, no sos neutral. No existe la neutralidad en el reino espiritual: o estás con Dios o estás contra Él. Por tanto, si ocupás el púlpito sin haber nacido de nuevo, no venís de parte de Dios, venís de parte de su enemigo.

Tus palabras no serán ungidas, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Y un corazón muerto no puede dar vida. Al principio podés sonar amigable, cercano, hasta convincente. Pero como la humedad oculta en la pared, con el tiempo se manifiesta. No podés ocultarla para siempre, en algún momento saldrá a la luz quén eres. Y para entonces, el daño ya está hecho.

Recuerda: si considerás predicar, primero considerá algo vital: nacer de nuevo. El púlpito es solo para quienes el Rey conoce y envía.

Antes que predicar, ¡nacer de nuevo!

Hasta la próxima…

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