Cuando las palabras no alcanzan
Hay momentos en el ministerio en que uno llega a la oración sin nada en las manos. No por falta de fe, sino por exceso de realidad. La semana fue larga, los problemas no se resolvieron, y la congregación sigue esperando respuestas que uno no siempre tiene.
“El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues no sabemos orar como debiéramos.” — Romanos 8:26
En esos momentos, la oración no se abandona. Se simplifica. Y a veces, esa oración simple y honesta es la más genuina que hemos elevado en mucho tiempo.
El silencio también es oración
No toda comunión con Dios viene con palabras elaboradas. El pastor que se sienta en silencio delante de la Escritura, agotado pero presente, está haciendo algo profundamente espiritual. La presencia fiel vale más que la elocuencia ocasional.
La disciplina no es el enemigo del alma, es su sostén. Cuando los sentimientos no acompañan, la disciplina es lo que nos mantiene en el lugar correcto, esperando que Dios haga lo que solo Él puede hacer.
La oración que Dios recibe
No existe una fórmula correcta para acercarse a Dios en el agotamiento. Lo que existe es una promesa: Él no desprecia al corazón quebrantado. El pastor que llega sin elocuencia, sin energía, y sin respuestas elaboradas, llega igual a un Dios que lo conoce mejor de lo que él se conoce a sí mismo.
“Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón.” — Salmo 34:18
Eso no resuelve el lunes. Pero sostiene el alma para llegar a él.