Segundo lo segundo
Hay pastores que conocen la Biblia mejor que su propia familia. Saben dónde está cada texto, manejan el griego con soltura, citan de memoria pasajes enteros. Preparan sermones sólidos, expositivos, bien estructurados. Y sin embargo, por dentro, están secos. Vacíos. Predicando verdad desde un lugar que hace tiempo no recibe agua.
¿Cómo es posible eso?
Es posible porque hay una diferencia enorme entre estudiar la Biblia y ser alimentado por ella. Y muchos pastores, sin darse cuenta, cruzaron esa línea hace tiempo. La Biblia dejó de ser el lugar donde se encuentran con Dios y se convirtió en la oficina donde trabajan. La abren con agenda, con lapicera en mano, buscando el sermón del domingo. Y cuando terminan, la cierran. Trabajo hecho.
El problema es que ese pastor no comió. Produjo. Y un pastor que produce sin comer, tarde o temprano, colapsa.
El error que nadie confiesa
Martyn Lloyd-Jones, uno de los predicadores más sólidos del siglo veinte, señalaba algo que incomoda precisamente porque es tan común: el pastor que solo abre la Biblia para buscar sermones termina sin devoción personal real y con sermones que, aunque sean correctos, no tienen fuego. Porque el fuego no viene de la técnica. Viene de haber estado en la presencia de Dios antes de pararse frente al pueblo de Dios.
Lloyd-Jones insistía en que el pastor debe leer la Biblia en dos momentos completamente distintos y con dos actitudes completamente distintas.
El primero es el momento devocional. Abrís la Biblia no porque tenés que preparar algo, sino porque sos un creyente que necesita ser alimentado. Como cualquier oveja del rebaño. Con la misma hambre, con la misma dependencia. En ese momento no sos el pastor. Sos el hijo. Y Dios te habla a vos, no a través de vos.
El segundo es el momento del estudio. Acá sí viene la exégesis, el análisis del texto, la búsqueda del sermón. Es igualmente sagrado, pero diferente. Requiere herramientas, concentración, método.
Cuando estos dos momentos se fusionan en uno solo, los dos salen mal. La devoción se vuelve utilitaria y el sermón se vuelve mecánico. Y el pastor termina siendo un experto en hablar de Dios que olvidó cómo hablar con Dios.
Lo que el pastor recibe, el rebaño lo come
Hay una conexión directa, aunque invisible, entre la vida devocional del pastor y el estado espiritual de su congregación. No es misticismo. Es algo mucho más simple: no se puede dar lo que no se tiene.
El pastor que tiene una Biblia abierta delante de Dios todos los días, que lee extensamente, que se deja sorprender por textos que conoce de memoria, que llora con los Salmos y se maravilla con las cartas de Pablo, ese pastor llega al domingo con algo genuino. No con información, con experiencia. No con puntos, con peso. Y el rebaño lo nota. Aunque no sepa explicar por qué, siente la diferencia entre un hombre que habla de Dios y un hombre que estuvo con Dios.
Lo que entra por la lectura devocional y el estudio profundo es lo que después fluye hacia las ovejas. No hay atajo. No hay reemplazo. Ningún comentario bíblico, ningún sermón descargado, ningún video de un predicador famoso puede sustituir eso.
La Biblia es el alimento principal. Del pastor primero. Del rebaño después.
Y recién cuando eso está en su lugar, cuando la Biblia ocupa el centro que le corresponde, tiene sentido hablar de todo lo demás. De los otros libros, de la formación, de la biblioteca pastoral.
Pero eso viene después. Primero lo primero.
¿Cuándo fue la última vez que abriste la Biblia sin agenda? ¿Sin el sermón del domingo en la cabeza, sin una pregunta que responder, sin nada que producir? ¿Cuándo fue la última vez que la leíste simplemente porque tenías hambre?
Si esa pregunta te incomoda, el próximo artículo es para vos.
Preguntas para reflexionar
¿Tenés momentos separados para la lectura devocional y para la preparación del sermón, o todo se mezcla en uno solo?
¿Qué parte de la Biblia hace tiempo que no leés simplemente para alimentarte, sin ninguna otra agenda?
Si tu congregación tuviera acceso a tu vida devocional esta semana, ¿qué verían?