Serie

¿Y ahora qué hago?

que hacer

JP
Javier Pino Siervo de Jesucristo

Quizás llegaste hasta acá con una mezcla rara de incomodidad y alivio. Incomodidad porque algo de lo que leíste en los artículos anteriores te cayó demasiado cerca. Alivio porque al menos ahora tiene nombre lo que estaba pasando. Y ahora estás parado en el medio del campo, mirando tus ovejas, y la pregunta es genuina y urgente: ¿y ahora qué hago?

Antes de responder esa pregunta, algo importante. Ese momento en que te cayó la ficha, esa incomodidad que sentiste leyendo, esa voz interna que te dijo “esto me está hablando a mí”, no fue casualidad. No fue solo un artículo bien escrito. Fue el Espíritu Santo haciendo lo que hace mejor: generar consciencia donde había comodidad, encender luz donde había oscuridad. Ese momento es gracia. No condena, gracia. Y es exactamente desde ahí desde donde se empieza.

Pedro también estuvo en ese lugar

Pedro negó a Jesús tres veces. No una, tres. Y después salió y lloró amargamente. Podría haber terminado ahí, paralizado por la culpa, convencido de que alguien que falló así no tiene lugar en el ministerio. Pero Jesús no lo dejó en ese lugar. Fue a buscarlo. Le hizo una pregunta tres veces, una por cada negación: “¿Me amás?” No para restregársela. Para restaurarlo. Para devolverle la vocación que él mismo sentía que había perdido.

Si Jesús restauró a Pedro, puede restaurar a un pastor que dejó de leer su Biblia con hambre y que tiene un libro abandonado en la mesa de noche desde hace meses.

No estamos hablando de una caída moral. Estamos hablando de hábitos que se perdieron, de un fuego que se achicó, de un campo que se descuidó. Y eso tiene solución. No fácil, no inmediata, pero real. La misma gracia que salva también forma. El mismo Espíritu que regenera también instruye, guía y capacita. Juan 14 lo dice con claridad: el Espíritu Santo fue enviado para enseñar, para traer a la memoria, para guiar a toda verdad.

Este camino no lo hacés solo. Eso no es un slogan motivacional. Es teología.

Despacio, pero sin parar

Acá viene la trampa más común. El pastor se convence, siente el fuego, y toma una decisión heroica: desde el lunes leo la Biblia dos horas por día, termino cinco libros este mes, y recupero todo el tiempo perdido de un saque.

Dura una semana. Capaz dos. Y después vuelve todo a cero, pero ahora con una capa extra de culpa encima.

El cambio real no funciona así. No funciona así con la dieta, no funciona así con el ejercicio, y no funciona así con la lectura. El cambio real no es dramático ni heroico. Es pequeño, consistente e intencional. Es el pastor que decide que desde hoy abre la Biblia veinte minutos antes de revisar el teléfono, todos los días, sin negociar. No dos horas. Veinte minutos. Y mañana otros veinte. Y pasado, otros veinte más. Y tres meses después, sin haberse dado cuenta, está en un lugar que no tenía hace años.

El Espíritu Santo no bendice los arranques heroicos que duran una semana. Bendice la fidelidad sostenida, la disciplina humilde, el paso pequeño que se repite todos los días porque hay una convicción detrás, no solo una emoción del momento.

Un río angosto que corre todos los días hace más que una inundación que pasa una vez y desaparece.

Concreto, claro y con testigos

La buena intención sin estructura se evapora. Entonces antes de cerrar este artículo, tres preguntas que vale la pena responder por escrito, no solo en la cabeza:

¿Por dónde empiezo? Elegí un libro de la Biblia, no el plan más ambicioso que encontrés en internet. Un libro. Empezá ahí. Después, un libro que tengas pendiente. Uno. Sin lista, sin programa de diez puntos. Solo eso.

¿Cuándo voy a leer? No “cuando pueda”. Eso es otro nombre para nunca. Un momento fijo, concreto, que no negocie con nada. Temprano en la mañana antes que todo empiece, o a la noche cuando la casa se calma. Un momento tuyo, inamovible, que le digas al Dueño del campo: “Este tiempo es para formarme para cuidar lo que me dejaste.”

¿Con quién me comprometo? La rendición de cuentas no es debilidad, es sabiduría bíblica. Un colega, un amigo pastor, tu esposa. Alguien que te pueda preguntar la semana que viene cómo vas y a quien no le puedas mentir con facilidad.

El Espíritu Santo obra a través de medios. La lectura de la Biblia es el medio principal. Los buenos libros vienen después, como herramientas al servicio de esa lectura central. Y cuando un pastor vuelve a abrirla con hambre, con dependencia, con la convicción de que necesita ser alimentado antes de alimentar a otros, pasan cosas. Los sermones cambian. La mirada cambia. El rebaño lo nota.

El fuego vuelve.

No mañana. No de golpe. Pero vuelve.

Preguntas para reflexionar

  • ¿Qué libro de la Biblia vas a empezar a leer esta semana, solo para alimentarte, sin agenda de sermón?
  • ¿Cuál es el momento del día que podés proteger para leer, aunque sean veinte minutos?
  • ¿A quién le vas a contar este compromiso para que te ayude a sostenerlo?
JP
Javier Pino Siervo de Jesucristo

Pastor y escritor comprometido con la proclamación fiel de las Escrituras.